logo

De corazón

No fue un buen año. Fue un año necesario, un pequeño vistazo de mi aprendizaje.

Escrito por Nacho el 3 de enero de 2026

Hola.

Hace unos meses escribí desde la bronca. Desde la ira pura. Fue un desahogo sobre el año anterior, un año que, sin vueltas, la pasé para el orto. Situaciones que me atravesaron de verdad, momentos donde no exagero al decir que estuve realmente mal. Momentos en los que no me reconocía, en los que dejé de confiar en mí, en mis capacidades, en lo que sabía hacer. Dudé de todo. Dudé de seguir con lo que amo, dudé de mí, tuve que tomar decisiones que dolieron más de lo que estaba preparado para aceptar.

Pero eso ya pasó. Hoy lo miro como lo que fue, una experiencia, una etapa dura, una misión más completada en este juego raro que es la vida.

No creo ser especial ni único. No creo que el mundo gire a mi alrededor. Mis amigos pasaron lo suyo. Mi familia también. Personas que amo, y personas que amé. Y sé que ahí afuera hay muchísima gente que también se rompió alguna vez. Porque la vida no es color de rosa. No es ganar siempre. Aunque, al final, todo depende de cómo lo mires.

Durante todo el 2025 pensé que había perdido. Pensé que había fracasado. Que tenía que cambiar de rumbo, buscar otra cosa, soltar lo que me gustaba, dejar lo que amaba y reinventarme desde cero. Pensé que había llegado al límite.

Pero no. No perdí. Gané muchísimo más de lo que fui capaz de ver en ese momento.

Mirándole el lado bueno

Tuve que tocar fondo. Tuve que perderme dentro de un caos de emociones, miedos y dudas para conocerme como nunca antes. En ese momento no lo entendía, no lo podía ver. Hoy sí. Y me doy cuenta de que, en el fondo, nada cambió tanto como yo creía.

La gente que siempre estuvo, sigue estando.
La que se tenía que ir, se fue.
Mi familia, mis amigos, mis afectos… estuvieron ahí.

Pero el que realmente nunca se fue fui yo.

Incluso cuando sentía que se me venía el mundo abajo. Incluso cuando sentía que no tenía control ni de mí mismo. Yo seguía. A mi ritmo. A veces lentísimo, casi arrastrándome, pero seguía. Pasé noches completamente solo, sentado en la plaza del barrio, fumando puchos y hablándome a mí mismo, preguntándome qué carajo estaba haciendo con mi vida. Volvía a casa, dormía poco, me levantaba, hacía lo que podía… y repetía. Día tras día.

Y hoy entiendo algo clave, todo eso fue putamente necesario.

Si no hubiera pasado por todo lo que pasé, no sería quien soy hoy. De a poco empecé a sentirme bien de verdad. A disfrutar cosas simples. A reírme con mis amigos. A charlar con mis viejos. A jugar al truco con mi hermana. A sacar a pasear a Ody por el barrio. A andar en bici por el centro, por la ruta, sin pensar tanto. Varias personas, incluso mi psicólogo, me dijeron lo mismo, me notaban más suelto, más liviano, más yo.

Y era verdad.

Estaba más feliz porque, al fin y al cabo, entendí cómo funciona esto. Cerré el año bien. Mucho mejor de lo que imaginaba. Me siento más capaz. Más confiado en lo que aprendo. Más motivado. Volví a sentirme yo.

Salí por primera vez a una joda en Año Nuevo con 21 años y, sinceramente, la pasé increíble con mis amigos. No cerré el año de forma épica, pero sí de una manera profundamente significativa.

Seré dramático?

Seh.
Pero porque sentí todo al extremo.
Porque me dolió de verdad.
Porque cuando estuve mal, no fue un “mal día”, fue una época entera.

Y aun así, acá estoy.
Con cicatrices que no se ven, pero que me sostienen.
Con miedo, todavía.
Con enojo, también.
Pero con ganas. Con dirección. Con hambre de algo mejor.

No salí ileso.
Salí consciente.

Y eso, hoy, es mi mayor victoria.

Me perdono

Todavía estoy enojado.
Pero recién ahora me doy cuenta.

Pensé que era angustia, y sí, lo era… pero esa angustia se transformaba en enojo. En bronca. Porque no me dejaba avanzar como yo quería. Y durante mucho tiempo me traté mal. Muy mal.

Excesos. Cigarrillos. Alcohol. Pereza. Perfeccionismo tóxico. Autosabotaje. Miedo. Aislamiento. Rencor. Ira. Ganas de mandar a todos a la recalcada concha de la lora. Comer como un hijo de puta solo por ansiedad. No dormir bien.

Pero me perdono.

Me perdono porque, incluso así, siempre busqué mi manera de seguir. A mi forma. A mi tiempo. Y eso no es poco.

Este año quiero usar ese enojo como motor. Como recordatorio de lo que no quiero volver a repetir. Quiero construir más de lo que perdí. Quiero volver a ser yo… pero mejor. Mucho mejor.

No me creo invencible.
Sé que puedo volver a caer.
Pero hoy sé algo que antes no, y es que ya salí una vez.

Hoy no me admiro.
Pero me respeto.
Y eso ya es enorme.

No tengo todas las respuestas.
Pero tengo ganas.
Y esta vez, eso alcanza.

No fue un buen año. Fue un año necesario.

Aprendí.

Y aprendí tarde quién no volvería.

Y por primera vez en mucho tiempo.

Puedo decir que estoy más que encaminado.

Y profundamente agradecido.