logo

¿Que le hace una raya mas al tigre?

Arranqué el año creyendo que por fin se me daba. Y no. Me comí otra piña que no estaba en los planes. Esto no es una queja ni un descargo prolijo, es una foto honesta de cuando la cabeza va más rápido que la vida… y te vuelve a pasar por arriba.

Escrito por Nacho el 27 de enero de 2026

No sé bien por dónde empezar, pero acá voy.

Pensé que había arrancado el año con un buen laburo. De lo mío. De lo que me gusta. Algo que me iba a servir para crecer, aprender, sumar una buena experiencia al CV. Sentía que era ese momento donde decís “bueno, ahora sí se me dió, empiezo a construir algo”.

Pero no :)

Era una empresa fantasma. De arquitectura, supuestamente. Clientes falsos, números raros, proyectos que no existían. Y una mina que todavía no sé si es una pelotuda, una genia del engaño, alguien que lava guita o todo junto. La cuestión es simple: nos cagó. No hace falta entrar en más detalles.

No es el fin del mundo, obvio. Estas cosas pasan. El problema no fue solo la guita, que claramente no va a aparecer, sino algo que duele más. El tiempo. La energía. La ilusión de estar aportando valor real a algo que no era real.

Pero bueno… ¿qué le hace una raya más al tigre? jajajaja (risa de harto de todo esto).

La cabeza como campo de batalla

Ahora mismo mi cabeza es un quilombo. Me dice de todo, todo junto, todo al mismo tiempo.

Que soy un perdedor.

Que soy un pelotudo.

Que siga con lo que me gusta.

Que no sirvo para nada.

Que no me deje vencer.

Que siga buscando laburo.

Que esto es una experiencia más.

Que descanse un poco.

Que si descanso un poco soy un perdedor que pierde tiempo.

Es como si mi cerebro estuviera tratando de equilibrar emociones a las trompadas. Una marea de contradicciones constantes. Supongo que es su forma de no romperse.

¿Y cómo me siento de verdad?

Pelotudeado. Angustiado. Cansado.
Pero, y esto me sigue sorprendiendo de mi mismo, también motivado. Porque lo único que no perdí fue la emoción de seguir formándome, de seguir intentando, de no soltar lo que me gusta hacer.

El miedo silencioso

Hay algo que no se dice tanto, pero pesa. Siento que estoy perdiendo tiempo. Ya sé, tengo 21 años, “sos joven”, “tenés toda la vida por delante”, bla bla. Todo eso es cierto… pero el miedo igual aparece.

Miedo a no tener éxito en lo que te propones.
A no poder aportar en casa.
A no poder ahorrar.
A no poder trabajar de lo que me gusta.

Y sí, ya sé, ansiedad. Bienvenida otra vez.

Supongo que todo lo que me pasó está construyendo al yo del mañana. El tema es que el yo de hoy está abrumado, cansado, medio roto pero funcionando igual.

Miro para atrás y, más allá de las cagadas, de los momentos de mierda (momentos de mierda posta), noto algo que no desapareció nunca y que me costó ver después de un tiempo. Resiliencia. Y unas ganas enormes de que las cosas salgan bien, de salir de esta sensación espesa, de avanzar aunque sea de a poco.

Quizás las cosas no me están saliendo porque tengo que aprender. Quizás la frustración también entrena. Genera callo. Te hace más fuerte, aunque en el momento duela como la concha de la lora.

Y también me repito algo que no siempre convence, pero ayuda, sentirme así es parte del proceso. Hay gente de mi edad a la que todo esto le chupa un huevo… y la verdad es que no siempre termina bien eso tampoco.

Igual, no voy a mentir, qué difícil se puso este nivel de la vida la puta madre que lo parió.

Sofía, el sostén inesperado

Dentro de todo este circo, pasó algo bueno. Algo que no estaba en los planes.

Conocí a Sofía.

Nunca la vi en persona. Nunca compartimos un café, ni un mate, ni una charla cara a cara. Y aun así, fue una de las personas que más contención me dio en este tiempo. Hablamos de cosas que no hablé con casi nadie, más allá de mi psicólogo.

Por cómo hablábamos, por cómo escuchaba, por cómo respondía, entendí la clase de persona que es. Y le estoy genuinamente agradecido por eso.

La confianza apareció rápido. Demasiado rápido, quizás. Le conté sobre mi ex, ella me contó sobre el suyo. Opiniones, heridas, aprendizajes. Nos llamamos por teléfono. Me escuchó. Me bancó. Fue un oído virtual, pero real al mismo tiempo. Un lugar seguro donde decir lo que tenía guardado.

Y también me dijo verdades. De esas que incomodan, que no te gustan, que te mueven el piso… pero que son verdades al fin y al cabo.

No solucionó mis problemas. No los podía solucionar. Pero no me sentí solo, y eso, en ciertos momentos, vale más que cualquier pieza de oro.

La moraleja (si es que hay una)

Supongo que la moraleja no es épica ni inspiradora.

A veces la vida no te enseña con logros, sino con decepciones.
A veces no crecés sumando, sino perdiendo.
Y a veces lo único que podés hacer es seguir, incluso cuando dudás de todo, incluso de vos.

No todo el tiempo invertido es tiempo perdido.
No toda caída es retroceso.
Y no toda ayuda viene de donde esperás.

Hoy me siento abrumado, sí. Pero también sigo acá. Pensando, sintiendo, intentando.
Y mientras eso siga pasando, todavía no está todo perdido, espero...

Un día, no muy lejano, se me va a dar. Lo sé, pero mientras tanto, a bancarse el proceso.