Escrito por Nacho el 16 de febrero de 2026
Querer sin agarrar con fuerza
Yo antes pensaba que desapegarse era volverse medio budista zen, caminar lento y decir “todo fluye”. Después entendí que no. Que el desapego no es dejar de sentir, es dejar de apretar. Y para alguien que se engancha fácil con personas, ideas y futuros imaginarios… eso es todo un tema.
Voy a ser honesto, el apego es una mierda.
A personas.
A planes.
A expectativas que armé en mi cabeza mientras miraba el techo a las 2am.
Me encariño con lo que podría ser. Con la versión futura de algo. Y cuando la realidad no coopera… me frustro como si me hubieran roto un contrato invisible que nadie firmó.
Ahí es donde entra el desapego. No como algo místico, sino como una necesidad básica para no vivir con el corazón agarrado a presión.
Primero, qué NO es desapego
Desapego no es hacerte el frío.
No es decir “me da igual” cuando claramente no te da igual.
No es convertirte en una piedra emocional.
Eso es defensa. Y suele explotar más tarde.
El desapego no es no sentir. Es no depender.
Es poder querer algo sin que tu estabilidad dependa exclusivamente de eso.
No es “no me importa”.
Es “me importa, pero no me destruye”.
El apego a las personas (el clásico)
Este es el más heavy.
Te gusta alguien. Te importa alguien. Y sin darte cuenta empezás a construir expectativas: que responda así, que actúe de tal forma, que se quede, que elija, que confirme lo que vos sentís.
Y cuando no pasa… te cae como si te hubieran cambiado el final de una serie que ya dabas por hecha.
El desapego acá no significa no querer. Significa entender que la otra persona es libre. Que no podés controlar lo que siente ni cómo actúa.
Querer sin poseer.
Estar sin exigir permanencia.
Acompañar sin intentar controlar.
Suena hermoso. Practicarlo cuesta un montón.
El apego a los resultados (mi especialidad)
Este pega fuerte cuando sos medio exigente con vos mismo.
Estudiás. Te esforzás. Trabajás. Te movés. Y en el fondo esperás que eso garantice un resultado específico. Porque sería lo justo, ¿no?
Bueno… la vida no siempre funciona por mérito automático.
El desapego no es dejar de intentar. Es dar lo mejor que podés y aceptar que el resultado no siempre está en tus manos.
Hacer las cosas porque elegís hacerlas, no porque necesitás que el universo te devuelva un premio.
Y sí, es más fácil decirlo que vivirlo.
El apego a las expectativas (el más traicionero)
Este es el que más me hizo ruido cuando lo entendí.
Muchas veces no sufrimos por lo que pasó. Sufrimos por lo que esperábamos que pase.
Nos duele más la historia que imaginamos que la realidad misma.
La cabeza arma un guion espectacular… y la vida improvisa otra cosa.
Y ahí te enojás con la vida como si te debiera coherencia con tu imaginación.
El desapego acá es soltar la idea rígida de cómo “deberían” salir las cosas. No dejar de soñar, pero sí dejar de exigir que todo siga tu libreto mental.
Cómo practicar el desapego (sin irte a vivir a la montaña)
No se activa de un día para el otro. Es más bien como entrenar un músculo.
Primero, darte cuenta cuando te estás aferrando demasiado.
¿Estoy sufriendo por algo real o por la película que armé?
¿Estoy intentando controlar algo que claramente no depende de mí?
Después, aceptar la incomodidad. Porque soltar incomoda. Te deja sin esa falsa sensación de control.
Y algo que ayuda mucho: recordar que todo es transitorio.
Lo bueno pasa.
Lo malo pasa.
Las personas cambian.
Vos cambiás.
Nada se queda fijo para siempre, por más que a veces queramos congelarlo.
La parte incómoda
A mí me cuesta. Porque cuando algo me importa, me importa de verdad. Y soltar da miedo. Es como decir “ok, puede no salir como quiero y voy a estar bien igual”.
Pero ahí está el punto.
El desapego no te quita intensidad. Te quita dependencia.
No te vuelve menos humano. Te vuelve un poco más estable.
Cierre (hablándome claro)
No quiero ser alguien que no siente. Tampoco quiero ser alguien que se rompe cada vez que algo no sale como esperaba.
Supongo que el equilibrio está en querer fuerte, pero agarrar suave.
Dejar que las cosas estén mientras están.
Disfrutarlas sin intentar encerrarlas.
Aceptar que, aunque algo se vaya, yo sigo estando.
Y quizás eso sea el verdadero desapego:
no vivir con el corazón apretado todo el tiempo.
Aunque bueno… sigo practicando.
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